Por Iliana Herrera

La mayoría de corredores pasa por varios momentos en su vida en el deporte.

La mayoría empezamos corriendo por bajar de peso, por sentirnos saludables o por prescripción médica. Cuando experimentamos la sensación de bienestar y euforia que nos dan las llamadas endorfinas, es cuando sentimos que no queremos parar, deseamos más y más.

Luego aparece la presión de los más avanzados que nos quieren ver cruzar los primeros 21K, obviamente con las mejores intenciones. Después nos damos cuenta que 21 no son suficientes y llega la presión de convertirnos en maratonistas, muchas veces sin entender al enorme esfuerzo y estrés al que someteremos a nuestro cuerpo, muchas veces solo impulsados porque los demás lo hacen.

“Correr 42.195 kms es un desgaste físico y mental muy duro e intenso para lo qué hay que prepararse y hacerlo bien, entrenar duro y estar dispuesto a sacrificar muchas cosas.”

Lo más valioso de correr un maratón no es la meta si no el camino hacia ella. Al cruzar la meta la sensación debe de ser gratificante, tu mente y cuerpo en armonía completa que lo han logrado y lo han hecho bien.

Para mi correr un maratón es de las mejores cosas que me han pasado en la vida y siempre al terminar la sensación ha sido “lo quiero volver a hacer” pero también creo que no todos los que corremos debemos hacer un maratón y menos si es por presión, por moda o por qué mis amigos lo hacen. A un corredor no lo hace la distancia, lo hace la constancia, la disciplina y el respeto por el deporte, y para eso no es necesario correr un maratón.

En el momento que dejamos de disfrutar los kilómetros y olvidamos por qué corremos, iniciamos el camino del sufrimiento del ego y de la competencia insana, justo ahí es el momento de evaluar y regresar al punto de partida, donde correr nos abre el ama y nos enseña a disfrutar de las cosas simples de la vida.